8.09.2011

El Puerto

Conocí el Puerto hace muchos años, en compañía de quienes, sin querer, se convirtieron en mis compañeros de viaje por la vida. Ese día, no podíamos vaticinar que juntos llegaríamos hasta París, pero mucho menos que este lugar, iba a ser el destino imperecedero.

Desde el primer día, supe que volvería. Me lo dijo esa caminata entre calles estrechas y casas de colores, que poco a poco me fueron dibujando la combinación perfecta del azul del cielo y el mar.


El Puerto es el bálsamo, como la manzanilla en el momento justo, el chocolate caliente en invierno, o la limonada en verano. Cura las heridas y borra los malos recuerdos. Te abraza en la inmensidad de su Playa Grande y te acobija en la calidez de su arena en tono bronce- rojo- blanco y un cielo azul-verde-fucsia.


En el Puerto no existe el tiempo, no sé si hay hora, solo hay momentos. Tampoco hay nacionalidades, hay la gente de siempre, más otro grupo que salió corriendo de donde venía y atravesó la selva, buscando algo.


Volver más que una opción, es una necesidad y en el Puerto algún día quiero vivir y morir, porque esa paz que abraza el Henry Pitier es la expresión máxima de felicidad, nunca jamás vista en una cabina de radio o un set de televisión.



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