Desde el primer día, supe que volvería. Me lo dijo esa caminata entre calles estrechas y casas de colores, que poco a poco me fueron dibujando la combinación perfecta del azul del cielo y el mar.
El Puerto es el bálsamo, como la manzanilla en el momento justo, el chocolate caliente en invierno, o la limonada en verano. Cura las heridas y borra los malos recuerdos. Te abraza en la inmensidad de su Playa Grande y te acobija en la calidez de su arena en tono bronce- rojo- blanco y un cielo azul-verde-fucsia.
En el Puerto no existe el tiempo, no sé si hay hora, solo hay momentos. Tampoco hay nacionalidades, hay la gente de siempre, más otro grupo que salió corriendo de donde venía y atravesó la selva, buscando algo.
Volver más que una opción, es una necesidad y en el Puerto algún día quiero vivir y morir, porque esa paz que abraza el Henry Pitier es la expresión máxima de felicidad, nunca jamás vista en una cabina de radio o un set de televisión.

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