Los primeros años de mi vida los pasé rodeado de una parte de mi familia donde la palabra ‘prudencia’ era considerada una mancha del diccionario. La política, el sexo y casi todo se discutía en público, como si la privacidad era un invento de gente extraña y amargada.

Esos años fui testigo de centenar de disertaciones colectivas escabrosas, por ejemplo cuando escuché por primera vez, la frase: “ya se hizo mujer” y con lo cual todo el mundo supo que a la primita mayor le vino el periodo por primera vez. También me enteré cuando la vecinita perdió la virginidad. El divorcio de la señora de enfrente fue el tema del mes. La “dudosa sexualidad” del chamito de la esquina, sigue siendo el chiste del día.
Dicho el chisme – y me disculpa la cacofonía, estimado/a lector/a- el siguiente punto a tratar era más cósmico. Cualquier situación implicaba un análisis astrológico. Poner la gran cagada, es directamente proporcional al ascendente de tu signo. La razón del divorcio de la vecina, era “ese carácter de las sagitarianas”, la pelea de mi tío con su esposa “es por el mercurio retrógrado” y así, una y mil cosas tenían que ver con los astros… No importa si usted es bruto, inteligente, mal hablado, bien intencionado… No es usted, es su signo.
El Día de la Madre o el 24 de Diciembre, me recordaban esos programas españoles del corazón. Era el momento ideal para mis tías políticas, en especial de Lucrecia, que le encanta preguntarme por la farándula y me hace un interrogatorio minucioso que por momentos siento que tenía previamente elaborado… Supongo que más tarde cuando ya me haya ido, seré yo el tema de conversación y mi signo el culpable, de lo que según el análisis colectivo, he hecho bien o mal.
Haber pasado los primeros años de mi vida rodeado de tantas opiniones impúdicas, me ha hecho admirar todo lo contrario. Me agrada la gente prudente, la gente dueña de lo que calla, las personas que no se atreven a calificar algo que no conocen bien, aquellos que hacen las cosas y después lo cuentan, nunca lo contrario. Aquella persona que se reserva y espera el momento apropiado para hablar, tiene un poder sobre los demás y sobre las circunstancias, que difícilmente podemos ostentar los opinólogos de oficio.
Ernest Hemingway dijo: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.
En todo caso, espero que cualquier miembro de mi familia que lea esto y se sienta aludido/a, sepa disculpar tanta imprudencia de mi parte. Viene de familia, y además soy Cancer con ascendente Leo.

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