Si me pidieran que nombrara lo que considero el peor defecto del venezolano, sin pensarlo dos veces, contestaría que es la doble moral.
La doble moral venezolana, que aplica prácticamente para todo, va de generación en generación y nos ha condenado a vivir de aparentar, a engañarnos pretendiendo ser quien no somos, a negarnos a aceptar y reírnos de nuestros propias características y peor aún, a pretender convertirnos en ejemplo de otros países y considerarnos ciudadanos de avanzada.

Solo basta con cambiarle el nombre a cada cosa. El venezolano no es flojo, es alegre. El venezolano no es confianzudo, es cálido. El venezolano no es grosero, es dicharachero.
Viajando por América Latina, supe que aunque nuestra doble moral nos impida verlo, el venezolano es de los ciudadanos más vulgares. Si usted es venezolano/a, seguramente estará pensando “noooo… qué me dices de los colombianos…” y yo le contestaré, que al menos el bogotano, es un ciudadano que cuida mejor sus palabras y en lo común, suele manejar un vocabulario más amplio.
Claro está, hay que entender “vulgar”, como algo perteneciente o relativo al “vulgo”, es decir, algo común o general, en contraposición a algo técnico.
El mejor ejemplo es que cada cierto tiempo en Venezuela se pone de moda una palabrita, una frasecita, que termina siento tan común como antipática: “o sea…”, “más fiiiino…”, “amigoo…”, “expliiicamee…”, “es lo másss…” y así. Pero por antipáticas que nos resulten estas palabras o frases, mal podríamos decir que alguna de ellas es una “mala palabra” o una “grosería”.

Hablando de eso que llamamos “groserías”, a mí me enseñaron que son palabras como “vaina”,
“coño”, “joder”, “puta”, “verga”, “ladilla” y un largo etcétera. Si se fija bien, la mayoría de ellas, tiene relación directa con oficios o partes del cuerpo, sinceramente no veo por qué deberíamos dejar de nombrarlas. Además, por favor, aparte su doble moral un rato y admita que cuando estaba pequeño y se las prohibían, usted se moría por decirlas.
Cuando estamos en la adolescencia, comienza la emancipación y poder decir tus primeras groserías públicamente –especialmente frente a la familia- constituye un gran logro, te sientes grande, poderoso/a y capaz. Primero, a modo de ensayo, las decimos frente a los amigos/as y más tarde se hace natural. En ese momento, ya somos adultos y adoptaste “las groserías” por el resto de tu vida.
Con esto no quiero decir, que pienso que hay que ir por la vida diciendo nuestras palabrotas de preferencia a quien se ponga enfrente, pero en todo caso, ¿usted de verdad cree que existen buenas o malas palabras? Y si así lo creyera ¿por eso ha dejado de decirlas?
Yo no creo en malas palabras, ni en “horarios infantiles” donde la gente hable en mexicano. Sueño con ver buena televisión, donde las “groserías” se digan abiertamente, sin pitos ni “mute” y sueño con dirigentes de Oposición que no pierdan su tiempo denunciando canales que se sabe de sobra que no sirven para nada y que se ocupen de las próximas elecciones a diputados de la Asamblea Nacional.



